8 grandes mentiras que cuentan los padres

En Educa como puedas el 23 de Agosto de 2016, por PALOMA TORRECILLAS
Young girl in backyard smiling looking up

Como dice Carles Capdevila, “los padres lo saben todo y si no, se lo inventan”. Total, que entre engaños y falacias contundentes hemos crecido todos nosotros, ¡y bien hermosos! Parece que esta tradición de la invención, las leyendas y los rumores, viene de lejos. Ya lo hacían nuestros abuelos con ellos y nosotros lo hacemos con nuestros hijos. Es ley de vida.

Resumimos algunos de los grandes mitos de ayer y de hoy, las grandes mentiras que nos contaban nuestros padres. Aunque también las oíamos en boca de profesores, tíos, abuelos o de otros niños malintencionados que ejercían su autoridad a golpe de engañifa. En tu mente infantil, la prohibición no es más que una invitación. Por eso, con el fin de infundir miedo y evitar algunos comportamientos molestos para los adultos, todas tienen un componente cruel y sádico que no me parece del todo educativo. Pero no seré yo quien ponga en entredicho la cultura popular y, con el fin de preservarla, seguiré empleando estas grandes mentiras con mis descendientes (directos e indirectos)…

Mentira 1: si te pones bizco y te da un aire, te quedas así.


¿Quién quiere sufrir estrabismo si puede ser un mal evitable? Pero no todos los niños nos dejábamos apabullar por las horribles consecuencias de esta inútil práctica. Cabía la posibilidad de que dicho aire no te diera, que pudieras salir airoso de tu fugaz bizquera. El riesgo valía la pena. Porque además, ¿qué era un aire? ¿Una leve ráfaga de viento? ¿Y si era verano en medio de Madrid? Aquí no había aires de esos. Así que te la jugabas, pero a medias, sabiendo que ese aire no era para ti. Que aquel niño que conoció tu tía y que se quedó bizco para el resto de su vida por hacer el tonto, por aquella nimiedad, por aquel juego peligroso de mirarse la punta de la nariz, no eras tú. Y te lanzabas a retar a la suerte, a poner en jaque las creencias de los adultos y, entre vítores de primos, hermanos y otros niños del barrio, juntabas los ojos y eras el niño estrábico más feliz de la tierra.

 

Mentira 2: si te muerdes las uñas los dedos se te quedan deformados.


Los más pequeños también pueden tener estrés, pero son pocos los vicios a los que rendirse para redimirlo. La vida de los niños no es fácil y, si su día a día está lleno de regañinas, malas notas, peleas en el arenero o platos de lentejas, ¡de alguna manera tendrán las criaturitas que relajarse! Pues se dan al vicio mundano de la mordida de uñas, que no te deja unas manos modelo, pero tampoco te marca de por vida.  Siempre pensando que los dedos se torcería en ángulos imposibles y lo máximo que te pasa es que te quedas con unas uñas muy chiquititas y algo grimosas.

 

Mentira 3: si sacas el brazo por la ventanilla del coche, puede venir un camión y te lo arrancará de cuajo.


No era nuestra culpa aquel deseo exacerbado por contactar con la brisa de carretera. Y es que los anuncios de coches han hecho mucho daño. Nos ponían la miel en los labios, con aquellas imágenes de un hombre sacando la mano por la ventanilla, en un paisaje de ensueño y haciendo como si el viento fueran olas que iba dibujando. Pero luego, para nosotros, era imposible recrear la escenita a nuestro antojo, cuando recorríamos los quinientos kilómetros que nos separaban del pueblo. Era abrir la ventana del coche y tus padres sacaban a relucir aquella sádica historia. Y a ti te venía a la mente aquel niño, inocente, que viajaba feliz pero que llegó a su destino con un miembro menos. Te imaginabas aquel brazo sangrante tirado en la cuneta, aún con la manga de la camiseta puesta. Y mirabas la manga de tu camiseta y, lentamente, subías la ventanilla mientras un camión adelantaba imprudente por la derecha y soplabas aliviado “esta vez no ha sido a mí”.

 

Mentira 4: como te portes mal, va a venir el hombre del saco.


Esta mentira es la más cruel, tal vez porque me parecía la más verosímil en aquellos años de niñez. En resumidas cuentas quiere decir que si no haces todo lo que tus padres digan, cuando ellos digan, vendrá un señor barbudo y mugriento, con un saco de rafia a la espalda y te meterá dentro para que no vuelvas jamás de los jamases. Seguramente te llevará a una casa destartalada en medio del campo para maltratarte hasta el fin de tus días. ¿Acaso no iban a impedir tus padres aquel crimen? ¿No solo no te defenderían ante aquel bellaco sino que estaban dispuestos a avisarle de tu desobediencia? Eso sí, luego veíamos en las noticias la desaparición de no se qué niño y se sobrecogían, ¿no habían sido los propios padres los que habían propiciado el secuestro? ¿No se trataba una vez más de aquel hombre del saco al que mentaba sin recelo? Más de una noche sin dormir he pasado temiendo que mis muchos desacatos desataran la ira del hombre del saco y que viniera a buscarme. Pero la venganza se sirve fría y nosotros sabíamos que no había nada más insoportable que un niño sin dormir.

Mentira 5: si te tragas un chicle se te pegará en el estómago y morirás.


Esto era muy de patio de colegio y me temo que extendido por algún profesor resentido. Comías entonces los chicles en un acto de proeza, sabiendo que tu vida estaba en juego y que un mínimo fallo sería fatal. No cabían las distracciones, comer chicle era un acto heroico. Sin embargo, algo no cuadraba ¿si podía producir la muerte de niños, por qué narices nadie lo prohibía? Así que, finalmente, nos dábamos al mascado sin miedos, empezando a intuir que nos estaban tongando con tanta desgracia.

 

Mentira 6: si dices mentiras te crece la nariz.


Cuando era pequeña no era especialmente amiga del embuste pero de vez en cuando soltaba alguna trola inofensiva y pude comprobar, no sin algo de tensión, que mi nariz no crecía hasta el infinito. Aún así, paseaba mis ojos con sospecha sobre aquel tendero del mercado con una enorme nariz prominente y puntiaguda, ¿sería él el reflejo de aquel desagradable conjuro? Nunca pude saberlo, pero su fruta siempre estaba pasada y yo decidí no decir grandes mentiras por el bien de mis proporciones faciales.

 

Mentira 7: si te metes en el agua después de comer se cortará la digestión.


Esta parece ser un mito, pero yo sigo esperando al menos una hora y media antes de bañarme. Las madres se creían estas cosas y yo no pienso llevarle la contraria a la mía. Vosotros haced lo que queráis.

 

Mentira 8: si te metes el dedo en la nariz, de mayor tendrás una nariz enorme.


Los mocos de los niños dan mucho asco. A mí, personalmente, pueden producirme arcadas y vivo preocupada por el día en que sea madre y tenga que limpiar mocos por doquier. Veo a los padres que lo hacen sin atisbo de repulsión y me animo pensando que yo también lo llevaré con alegría. Por eso, creo que esta mentira es la más justa de todas. Una mentira piadosa que nos ayuda a pasar por el mundo sin náuseas innecesarias. Os animo a que sigamos diciéndosela a niños y adultos. Pero os advierto que de poco sirve, a mi me la decían mucho de pequeña y sigo con el dedo incrustado en la nariz, de tamaño medio y sin afán de crecimiento. Y sí, los mocos propios nunca dan asco.

 

Educar no es nada fácil, por eso a veces lo mejor es soltar alguna trola a tiempo y listo. Puedes escuchar los pésimos consejos de Carles Capdevila en este hilarante monólogo sobre la carrera de ser padre.

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