Rubens, el espía de la corte

En Encuádrate el 20 de Julio de 2016, por PALOMA TORRECILLAS
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Peter Paul Rubens era un tipo de éxito. Ahora podríamos equipararlo a una estrella del rock que ha sabido perpetuarse en el tiempo, ser respetado y admirado por otros músicos y alabado por las altas esferas. Es un poco como el Paul McCartney del barroco, el exbeatle fue nombrado “Sir” por la Reina de Inglaterra, otorgándole la medalla como Caballero de la Orden Británica en 1997 y a Rubens le nombraron gentilhombre de cámara en los Países Bajos y fue ennoblecido por Felipe IV primero y después por Carlos I de Inglaterra.

El pintor era un hombre cultivado, hablaba sin problema alemán, francés, italiano, latín, neerlandés y castellano. Su reconocimiento entre los monarcas de toda Europa le lleva a realizar sus trabajos en numerosas cortes, pintando reyes y reinas, escenas mitológicas o paisajes que decorarían los salones de numerosos palacios. Gracias a sus buenas relaciones con las casas reales europeas, trabajó como diplomático, mediando y ayudando a poner fin a las tensiones entre distintos países.

Después de diversos periodos viajando por Europa para ejercer su trabajo como pintor, con treinta y dos años se establece en Amberes como pintor de la corte de los archiduques Alberto de Austria e Isabel Clara Eugenia, soberanos de los Países Bajos españoles. Rubens se lleva a las mil maravillas con la infanta y, cuando su marido muere en 1921, ésta le pide ayuda para devolver la paz a una Europa convulsa. Ese mismo año terminaba la tregua que España había firmado con las Provincias Unidas de los Países Bajos a la vez que aumentaban las tensiones con Francia e Inglaterra. El panorama era algo tenso y el pobre Pedro Pablo tenía que poner la mejor de sus sonrisas para tranquilizar a unos y otros. Pero como todos sabemos, las cosas de palacio van despacio y no fue hasta 1928 cuando el pintor coge su caballo y se lanza camino a España a hablar con Felipe IV para que le concrete los planes. Cuando llega por fin, el rey le dice a bocajarro:

– Mira Pedro Pablo, las cosas están muy mal. En Francia, el cardenal Richelieu, me la ha liado. Resulta que el año pasado quedamos en atacar juntos Inglaterra. Para demostrarle que podía contar conmigo, le ayudé a reprimir una revuelta de los hugonotes que estaban apoyados por los ingleses. Total, que yo pensaba que estábamos en el mismo bando.

– Hoy por tí, mañana por mi- añadió Rubens.

– ¡Eso pensaba yo! Pues nada chico, se me rebelan los calvinistas en Flandes y va Inglaterra, que no se qué tiene conmigo, y les ayuda. Pero ¿a que no sabes qué hace Richelieu?

– Ni idea

– ¡Les ayuda también! ¡Ayuda a los malditos infieles en mis bonitas tierras flamencas!¡Cuando yo le había ayudado a él contra esos mismos herejes!

– Uyuyuyuyyyyy….

– Eso mismo dije yo, Pedro Pablo. 

La complicidad entre pintor y monarca era clara. Así que el rey le encomienda dos importantes misiones: rebajar tensiones con Inglaterra y vengarse de Francia por su traición. Todo ello tenía que ser llevado a cabo con la máxima discreción. Rubens coge su caballo y se sube a Londres, con viaje en barco inglés incluido. Cuando llega a la city el rey Carlos I está encantado, ¡por fin conoce al genio del pincel! El nombre de Rubens recorre todas las cortes europeas y si eres un monarca en condiciones, tienes que tener unos cuantos cuadros pintados por el prodigio flamenco. Así que Carlos, que es un fanático del arte, recibe al pintor con todos los honores. Parece que las cosas no van a ser difíciles para Pedro Pablo, que se gana el favor del rey en cuestión de horas. Poco tiempo después, el embajador británico Francis Cottington viaja a España y firma el Tratado de Madrid, un pacto de no agresión entre las dos potencias.

La segunda misión, vengarse del maldito Richelieu, era un poco más complicada, pero el maquiavélico conde-duque de Olivares tenía todo pensado. ¿No había ayudado el cardenal a los herejes en Flandes contra los intereses de España? Pues ahora España apoyaría a esos mismos herejes, pero contra Francia. La misión de Rubens era reunirse con el señor de Soubise, representante de los hugonotes en Londres, y darle treinta mil ducados para que pudiera reclutar un ejército que luchara contra Francia por la causa calvinista.

Rubens hizo lo mandado y todo quedó estupendamente. Las guerras no terminaron, pero el pintor demostró que como espía y diplomático no tenía precio.

 

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