Sólo los locos llevan bigote

En Encuádrate el 19 de Agosto de 2016, por JIMENA MARCOS
Salvador Dali en 1972 crop

Tengo un amigo que es un friki, que está loco. Dice que Zapatero se parece a un Ford Mondeo noventero y que, como es vegetariano, no come yogur de fresa porque está tintado con cochinillas. Siempre lleva colgado al cuello una pequeña placa en forma de hueso con su nombre grabado y tiene un talento para la música que no le cabe en el cuerpo. Puede tocar la flauta con una muleta y hacer percusión con los vientos de una tienda para luego subirse con un dedo “la gafilla” y decirte que le ha salido bigote.

A veces me dan ganas de ser su Gala, de convertirlo en un Avida Dollars y llevarlo a él y su música por los circos del mundo. Pero otras, quiero que baje conmigo a la tierra y me hable sin fantasear.

Qué ganas de saber qué hay detrás de las fachadas de los locos y excéntricos. Qué necesidad de conocer “al verdadero Dalí”, de criticar a Gala como si te hubiera robado dinero de la cartera, de hablar de su relación con Lorca como hubieses sido testigo de lo ocurrido aquella Semana Santa en Cadaqués. Qué ganas de afeitarle el bigote, de espiar desde uno de sus huevos (de las esculturas, entiéndanme), de quitarle la magia a todo su ser.

Salvador Dalí paseaba su oso hormiguero por las calles de París, pintaba con una mosca pegada al labio con miel y decía haber encontrado la inmortalidad en la región en torno al ojo del culo. No sabemos si era de los que apretaba la pasta de dientes por en medio o por el final, si su tortilla de patatas era caldosa o compacta o si había hablado alguna vez de verdad con alguien. Lo que sí está claro es que era pintor… y uno de los mejores, dicen. Dicen también que era muy amigo de Buñuel, que estaba obsesionado con la coliflor, que diseñó el famoso logo de Chupa-Chups, que fue expulsado de la Academia de San Fernando, que era del Barça

Pero eso no nos basta. Queremos más.

Ansiosos de verdad y de temperamentos flemáticos, al igual que en la película Big Fish, estamos en constante búsqueda de lo aburrido, de lo normal. Queremos lo real. Por nuestro propio orgullo, para no admitir que hay genios danzando por ahí y que nosotros somos simples mortales. Para decirnos a nosotros mismos que eso es sólo un personaje y que aquello no es tan difícil de lograr.

Yo lo tengo claro, el día que consiga reproducir una escultura con papel albal, me pasearé por la Gran Vía con un pan en la cabeza, una chapa de perro colgada al cuello y un gran bigote. Y me llamarán loca. Y no tendrán ni idea de si vengo llorada de casa o de si la tortilla de patata me sale caldosa. Y dará igual. Porque da igual.

 

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