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Solo ha pasado un año desde que Trump volvió a la Casa Blanca. El mundo ha cambiado tanto que produce vértigo recordar la rapidez con la que el presidente de Estados Unidos ha dinamitado el orden internacional. Estados Unidos no acepta socios, son rivales o vasallos. Importa la ley del más fuerte. Habla a las claras del petróleo, del dinero, de sus propios intereses, le dan igual la democracia y los derechos humanos. Es tan clara la amenaza para Europa que sorprende la miopía de la derecha española.
El Gobierno ha alcanzado un acuerdo con la Iglesia católica para la reparación y el reconocimiento de las víctimas de abusos en el seno de la Iglesia. Según este acuerdo, al que ha tenido acceso la Cadena SER, se establece un plan para indemnizar a las víctimas dentro la Iglesia. El Estado decidirá quién tiene la condición de víctima y qué reparación le corresponde, y será la Iglesia quien pague. El acuerdo va a ser arbitrado por el Defensor del Pueblo, y estará organizado y tutelado por el Gobierno, aunque quien se hará cargo de la reparación va a ser la Iglesia.
El Gobierno y la Iglesia han llegado a un acuerdo para la reparación económica de las víctimas de pederastia que ya no puedan recurrir a la Justicia, bien por prescripción o bien por la muerte del agresor. A través del nuevo mecanismo, será el Ejecutivo el que arbitre las peticiones, el Defensor del Pueblo quien elabore el primer expediente y la Iglesia quien asumirá la compensación. Del exterior, Donald Trump y Gustavo Petro han mantenido una llamada "en buen tomo" en la que han acordado reunirse en los próximos días, después de que el estadounidense amenazase directamente al colombiano. Y la presidenta de Venezuela, Delcy Rodríguez, ha confirmado el envío de barriles de petróleo a Estados Unidos y su intención de negociar.
La nueva era no vino para liberarnos de antiguas ataduras, sino para esclavizarnos a través de las pantallas. El aislamiento, la falta de conciencia colectiva y la incapacidad de articular una respuesta grupal ante los distintos poderes. Se le suma que la educación política ha consistido en enseñar a las nuevas generaciones a indignarse por un pronombre, un sufijo, un color o un sentimiento. Basta una búsqueda en Internet para descubrir lo articulada que está esa política de difusión de una supuesta espiritualidad.