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Ayer lunes me desperté, y en mi almohada flotaba el interés por las elecciones de Portugal. Y de pronto surgió la gravedad de la catástrofe, un impacto de trenes que llenó la almohada de vagones destrozados o madres en busca de sus hijos. El accidente puede ser raro en unas vías renovadas, pero en la alta velocidad del mundo lo que parece tremendamente extraña es la voluntad de diálogo. Un accidente en la alta velocidad no es solo una desgracia tristísima, sino una metáfora del mundo que nos espera.
Se espera que la maquinaria pesada pueda empezar a trabajar a pleno rendimiento en el talud en las vías de Adamuz, en Córdoba. Allí siguen atascados los dos coches del tren de Alvia afectados en el accidente ferroviario, donde se tienen localizados tres cuerpos y se espera que pueda haber más. El balance es de, al menos, 40 muertos y 13 personas siguen en la UCI. La Junta de Andalucía ha confirmado que hay 41 denuncias por desaparición registradas, por lo que confía en que puedan quedar por localizar menos víctimas de las esperadas. Además, hoy los reyes visitarán la localidad afectada, donde los operarios ya investigan las causas del accidente.
40 muertos que pueden ser más y un centenar de heridos en el choque de trenes de Adamuz (Córdoba). Estas noticias de graves sucesos nos colocan y nos incomodan: luto y desconcierto. Hemos inventado todo tipo de formulaciones para sostener nuestra precariedad y, de pronto, el accidente. Y en esta misma tierra, los que creen que todo está permitido como Donald Trump. Da vergüenza que un ego enfermizo, pueda haber sido elevado por los americanos a la presidencia de la principal potencia mundial.