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Todo pasa tan deprisa que, al hablar de las europeas del pasado domingo, uno ya se siente el narrador de un documental sobre la batalla de Las Navas de Tolosa. Y sin embargo hay que volver a estas elecciones, siquiera porque han tenido una rara virtud: los partidos siempre están dispuestos a apuntarse victorias reales o morales en la noche electoral, pero en esta ocasión las urnas han traído consigo ceniza para todos. Llamémoslo una redistribución del descontento.
La misión de la nave Orión comenzó con la avería de un retrete de veintitrés millones de dólares, el más caro de la historia. Ignacio Martínez de Pisón ironiza sobre la cara oculta de la Luna, la dificultad de encontrar un fontanero espacial y las teorías conspiranoicas actuales. Finalmente, aconseja con sarcasmo a los chinos, en su carrera espacial, que vuelen de noche para evitar el calor del Sol.
La reacción previsible de los partidos ante la corrupción consiste en considerar estructural la del adversario y manzanas podridas la propia. Sin embargo, ambos casos suponen una utilización descarada de recursos públicos y errores de envergadura en la selección de personas de plena confianza. Por tanto, para los ciudadanos, la corrupción de izquierdas y la de derechas se parecen mucho.
Se trata del medio de transporte más universal para eso que llamamos genéricamente«las cosas», sin las cuales la humanidad ya se habría extinguido, lo que a lo mejor también sería una gran idea.