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Todo pasa tan deprisa que, al hablar de las europeas del pasado domingo, uno ya se siente el narrador de un documental sobre la batalla de Las Navas de Tolosa. Y sin embargo hay que volver a estas elecciones, siquiera porque han tenido una rara virtud: los partidos siempre están dispuestos a apuntarse victorias reales o morales en la noche electoral, pero en esta ocasión las urnas han traído consigo ceniza para todos. Llamémoslo una redistribución del descontento.
La vida te sonríe, pero cuatro meses, hasta que te empieza a doler un brazo y te descubren un cáncer de pulmón. En ese minuto eliges ser otra persona.
A enero, en el despliegue del calendario, parecería haberle tocado un papel más modesto: ser ese mes concebido para que, por comparación, brillen los demás. Enero tiene, sin duda, su lección moral. En su calidad de primer mes, bien podría recordarnos que las segundas partes nunca son buenas, pero prefiere subrayar que las primeras veces siempre son difíciles. Este mes de enero, muchos afrontaremos, el primer día de dieta o la primera noche de ayuno. E incluso sentiremos ese crujido inolvidable del primer abdominal.
Feijóo pronosticó un año terrible para Pedro Sánchez, pero para el líder del PP 2026 tampoco será el paseo esperado. De un lado, porque todavía le sigue persiguiendo la sombra del dimitido Mazón. En el plano político, a Feijóo también le espera 1 año movidito. El PP ha subestimado a Vox. Creían tal vez que era una moda pasajera, pero el partido de Santiago Abascal seguirá siendo decisivo para ellos. El caso es que existe una sed de motosierra que atraviesa el electorado de la derecha.