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Todo pasa tan deprisa que, al hablar de las europeas del pasado domingo, uno ya se siente el narrador de un documental sobre la batalla de Las Navas de Tolosa. Y sin embargo hay que volver a estas elecciones, siquiera porque han tenido una rara virtud: los partidos siempre están dispuestos a apuntarse victorias reales o morales en la noche electoral, pero en esta ocasión las urnas han traído consigo ceniza para todos. Llamémoslo una redistribución del descontento.
Más que sus gestos políticos, la mayor proeza de Unamuno fue rimar topónimos peculiares como Zamarramala o Zumárraga, una hazaña lírica comparable solo a los éxitos de Mecano. Se especula con un Unamuno actual en redes sociales, donde su egolatría encajaría impartiendo doctrina. Se concluye que, hoy día, el escritor usaría X para reivindicar sonoramente esos nombres geográficos de cuerpo entero.
El secretario Marco Rubio sentenció que el orden basado en reglas ha muerto, exigiendo que Europa asuma su propia seguridad ante una relación transatlántica bajo términos estadounidenses. En respuesta, líderes europeos rompieron el tabú de la disuasión nuclear, mientras España apoyó un Ejército europeo, pero rechazó el armamento atómico. Además de advertir que ignorar el debate sobre un poder de disuasión autónomo frente a las amenazas actuales es un grave error.
Entenderte con alguien con quien no tienes demasiado que ver es ya un milagro.