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En todas partes se atribuye al país vecino la descortesía de marcharse sin despedirse. Así se ha ido Ciudadanos, como todos los que hace diez años se dedicaban a la nueva política. Aunque no estamos en la vieja política, lo nuevo es la antipolítica. Marchemos, francamente yo el primero, por la senda constitucional.
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Si uno tiene hijos, hijas, nietos o abuelas, familiares o ancianos, pensar en la política es pensar en ellos a la hora de votar o de abstenerse. Hay políticas que destruyen la sanidad pública en favor de las empresas privadas y políticas que invierten en los hospitales. Y ocurre lo mismo con la educación, con los derechos laborales y con todo aquello que provoca la desigualdad entre los muy ricos y la gente. Así que pensar en la política no es pensar en los políticos, sino en nuestras familias.
Que la vivienda merece todos los esfuerzos de quienes tienen responsabilidades políticas es uno de los pocos temas sobre los que existe consenso en este país. Resulta muy difícil alinear acuerdos, cuando algunos creen que el problema está en los precios de la vivienda y la escasa oferta de vivienda pública. Mientras que otros, creen que la ocupación es el gran problema al que hay que dar respuesta. La vivienda es una emergencia. Propóngase cuantas soluciones sea necesario. Alcancen los acuerdos necesarios.