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Nadie discute que la democracia tiene que regenerarse y que parte de la ecuación incluye a los medios de comunicación. Una democracia no puede funcionar sin opinión pública informada y eso requiere de medidas legales que la garanticen y las que hay ahora no sirven. Estamos en el siglo XXI y el problema requiere de consensos, no con textos como el que se debatió este miércoles en el Congreso. No es una cuestión de transparencia de la propiedad de los medios, que también, pero tiene que ver con la comercialización del tráfico de datos, de los sesgos algorítmicos, pero especialmente no puede arrancar de una motivación política tan personal que involucre al presidente porque impide la objetividad.
A la misma hora que veinte pastores evangélicos se reunían con Trump y se ponían a rezar, quizás un puñado de iraníes se juntaban con su líder para rezar en dirección contraria, por decirlo así.
Estoy hablando del mesozoico, cuando en los circos había monos disfrazados de maniseros y elefantes entrenados para levantar la patita y eso no nos parecía humillante sino divertido.
El chiísmo, la rama del islam a la que pertenecen los ayatolás iraníes, cree que un descendiente de Mahoma aparecerá antes del fin del mundo para gobernar a los creyentes.