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Nadie discute que la democracia tiene que regenerarse y que parte de la ecuación incluye a los medios de comunicación. Una democracia no puede funcionar sin opinión pública informada y eso requiere de medidas legales que la garanticen y las que hay ahora no sirven. Estamos en el siglo XXI y el problema requiere de consensos, no con textos como el que se debatió este miércoles en el Congreso. No es una cuestión de transparencia de la propiedad de los medios, que también, pero tiene que ver con la comercialización del tráfico de datos, de los sesgos algorítmicos, pero especialmente no puede arrancar de una motivación política tan personal que involucre al presidente porque impide la objetividad.
A enero, en el despliegue del calendario, parecería haberle tocado un papel más modesto: ser ese mes concebido para que, por comparación, brillen los demás. Enero tiene, sin duda, su lección moral. En su calidad de primer mes, bien podría recordarnos que las segundas partes nunca son buenas, pero prefiere subrayar que las primeras veces siempre son difíciles. Este mes de enero, muchos afrontaremos, el primer día de dieta o la primera noche de ayuno. E incluso sentiremos ese crujido inolvidable del primer abdominal.
Feijóo pronosticó un año terrible para Pedro Sánchez, pero para el líder del PP 2026 tampoco será el paseo esperado. De un lado, porque todavía le sigue persiguiendo la sombra del dimitido Mazón. En el plano político, a Feijóo también le espera 1 año movidito. El PP ha subestimado a Vox. Creían tal vez que era una moda pasajera, pero el partido de Santiago Abascal seguirá siendo decisivo para ellos. El caso es que existe una sed de motosierra que atraviesa el electorado de la derecha.
A la nostalgia, ¡ni agua! Así suele aconsejarme mi amigo, el estimulante escritor y profesor de Literatura, Bernat Castany Prado. La verdad es que no me cuesta seguir su consejo porque la poca nostalgia que he ido sintiendo en mi vida la he canjeado. Y ahí me tenéis, descubriendo que en mi cazuela se estaba produciendo un pequeño prodigio que, como una representación teatral, nunca volverá a reaparecer con los mismos movimientos o idéntica textura. A fondo, hasta lo más pequeño. Ninguna nostalgia.