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Nadie discute que la democracia tiene que regenerarse y que parte de la ecuación incluye a los medios de comunicación. Una democracia no puede funcionar sin opinión pública informada y eso requiere de medidas legales que la garanticen y las que hay ahora no sirven. Estamos en el siglo XXI y el problema requiere de consensos, no con textos como el que se debatió este miércoles en el Congreso. No es una cuestión de transparencia de la propiedad de los medios, que también, pero tiene que ver con la comercialización del tráfico de datos, de los sesgos algorítmicos, pero especialmente no puede arrancar de una motivación política tan personal que involucre al presidente porque impide la objetividad.
El problema es ese: que los viejos rockeros nunca mueren y luego pasa lo que pasa. Lo digo por Keith Richards y su artritis, que podría apartar para siempre de los escenarios a los Rolling Stones. ¿Keith Richards? ¿Artritis? Poco me parece, para la vida que se ha pegado. En fin, que a alguien como él una artritis corriente y moliente lo jubile de la música en directo puede que sea uno de los misterios de Fátima. Habrá quien diga que con la artritis de Keith Richards acaba una época dorada.
Hoy es día de Reyes y hay grandes regalos para Donald Trump, que exhibe su poder cada vez más arbitrario. También para Putin, que tiene más razones para acosar a Ucrania sin que nadie le rechiste. Y hasta para Xi Jinping, que puede mirar Taiwán como si fuera una Barbie envuelta en papel de regalo. Siento decir que el mundo es hoy un cementerio de la ley, del derecho, de las normas y de nuestra seguridad, donde la pregunta que se abre es: ¿quién será el próximo?
La vida te sonríe, pero cuatro meses, hasta que te empieza a doler un brazo y te descubren un cáncer de pulmón. En ese minuto eliges ser otra persona.