La indignación de los afectados está más que justificada, llevan una semana sacando el barro con sus propias manos, sin comida, sin agua y muchos sin localizar todavía a los que les faltan. Pero esa comprensible indignación debe encontrar sus cauces y, sobre todo, nunca debe ser utilizada para los que no piensan en la solidaridad, sino que encuentran en la tragedia la mejor fórmula para desestabilizar y crear el estado de confusión propicio para generar desconfianza en la política.
La clase política, preocupada por supuestas tramas de corrupción, descuida cuestiones fundamentales que afectan gravemente a la ciudadanía. Estas batallas impiden abordar problemas básicos como el acceso a la vivienda para la gente más vulnerable y los jóvenes. Esta situación refleja una falta de atención a las necesidades urgentes de la sociedad.