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Pedro Sánchez nos debe una explicación, un debate, una acción. La retórica de la guerra se ha colado en nuestras casas y, sin embargo, estamos huérfanos de argumentos. Mientras Bruselas nos pide que tengamos kits de supervivencia, y aprueba objetivos milmillonarios para rearmarnos, nadie ha explicado aún en qué gastar y cómo gastar. Sabemos por qué debemos prepararnos: Rusia amenaza Europa y Estados Unidos ya no nos protege. Pero no sabemos cómo hacerlo.
El golpe a la imagen de la Justicia es tremendo y, pase lo que pase, será difícil de reparar. En todo caso, ahora se trata de ver si queda algo de decencia, de responsabilidad y de dignidad en las instancias superiores y en el Poder Judicial. El cóctel entre política y justicia es siempre explosivo, pero esta vez se les puede haber ido de las manos a los que han mezclado en unas dosis excesivas con consecuencias que son muy difíciles de prever.
Me adentré en el interior de la isla por carreteras infernales, que invitaban a dar la vuelta, hasta recalar a un pueblo fuera del tiempo, un lugar en el que vivir se parece a estar en el interior de una de esas bolas de cristal con una casita dentro recuerdo de un viaje.
El viernes habló desde el estrado de una marisquería que aquí, por pudor, llamaremos Fulánez. “Todo arranca en Fulánez, que, por cierto, es un magnífico restaurante”, dijo el juez, “y, para los que no lo conozcan, con unos precios muy ajustados a pesar de ser una marisquería”.