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Siempre me ha parecido curioso que se insulte a las mujeres con el llamado oficio más antiguo del mundo. Es un hecho, por desgracia, culturalmente universal. La prostitución es un acto mediante el cual un hombre paga para tener acceso a la intimidad de una mujer y mantener relaciones sexuales con ella. Es decir, se trata de alguien que mercantiliza algo que suele ser o debería ser gratuito y consensuado. Se entiende que apetecible y gozoso para ambas partes. Contrata el servicio, lo que hace es adquirir algo que, en principio no es un bien un objeto, sino un ser humano. Visto así, ¿a quién degrada más este acto, a la prostituida, la consumida, la alquilada, la adquirida o a quién es capaz de comprar el sometimiento de otra persona? ¿A quién podemos considerar moralmente reprochable, a la que es degradada o a quién degrada? Y aun así, el insulto es siempre para ella.
No podemos quejarnos los ciudadanos de este tiempo post-posmoderno en el que conviven realidades tan distintas. Ojalá fuera una sola la religión que hechiza a las masas para convencerlas de renunciar a la vida presente en favor de la que, dicen, habrá después de la muerte. Hoy más que nunca proliferan los credos a quienes entregamos nuestro dinero a cambio de la eternidad, ya sea la de la resurrección de la carne o la del estar en presencia de una estrella mundial.
Nuevo hito en la visita del Papa a España ayer en Barcelona, con la espectacular expresión de belleza en la inauguración de la Torre de Jesús en la Sagrada Familia. Una visita y expectación que se produce en un contexto en el que los autoritarismos emergen de las propias democracias y donde emergen nuevos poderes globales no democráticos. Es natural, pues, que tantas miradas se dirijan hacia contrapoderes de otra naturaleza, con miles de años de historia y que siempre han tenido claro lo fundamental: la dignidad de la vida humana.
Xavier Vidal-Folch reflexiona sobre las nuevas amenazas de Trump a Irán con atacar el país "con mucha fuerza" por no firmar un acuerdo