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Siempre me ha parecido curioso que se insulte a las mujeres con el llamado oficio más antiguo del mundo. Es un hecho, por desgracia, culturalmente universal. La prostitución es un acto mediante el cual un hombre paga para tener acceso a la intimidad de una mujer y mantener relaciones sexuales con ella. Es decir, se trata de alguien que mercantiliza algo que suele ser o debería ser gratuito y consensuado. Se entiende que apetecible y gozoso para ambas partes. Contrata el servicio, lo que hace es adquirir algo que, en principio no es un bien un objeto, sino un ser humano. Visto así, ¿a quién degrada más este acto, a la prostituida, la consumida, la alquilada, la adquirida o a quién es capaz de comprar el sometimiento de otra persona? ¿A quién podemos considerar moralmente reprochable, a la que es degradada o a quién degrada? Y aun así, el insulto es siempre para ella.
Estos días se conmemora la tortura y la muerte de un hombre en tiempos del emperador Tiberio. Con fe o sin ella, en muchas ciudades, como Sevilla, se asiste a una espectacular representación colectiva.
La carrera espacial fue un magno relato de optimismo donde los niños querían ser astronautas para tocar la faz de Dios. Tras años de recortes, no es una casualidad perfecta que el ser humano vuelva a la Luna con el mundo a punto de reventar. Esta fiebre por las estrellas nos invita a sentirnos más hermanos en la soledad de la galaxia.
Las mujeres ejercen una vigilancia estética y un castigo sobre sus congéneres mediante mensajes de odio por su peso. En esta cultura occidental, se siguen admirando los comportamientos anoréxicos de quienes controlan sus apetitos frente a quienes siguen el impulso de su deseo. Hemos adoptado una nueva religión que convierte en malignos ciertos alimentos y el placer que estos dan.