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Siempre me ha parecido curioso que se insulte a las mujeres con el llamado oficio más antiguo del mundo. Es un hecho, por desgracia, culturalmente universal. La prostitución es un acto mediante el cual un hombre paga para tener acceso a la intimidad de una mujer y mantener relaciones sexuales con ella. Es decir, se trata de alguien que mercantiliza algo que suele ser o debería ser gratuito y consensuado. Se entiende que apetecible y gozoso para ambas partes. Contrata el servicio, lo que hace es adquirir algo que, en principio no es un bien un objeto, sino un ser humano. Visto así, ¿a quién degrada más este acto, a la prostituida, la consumida, la alquilada, la adquirida o a quién es capaz de comprar el sometimiento de otra persona? ¿A quién podemos considerar moralmente reprochable, a la que es degradada o a quién degrada? Y aun así, el insulto es siempre para ella.
No sé si hay para tanto. Pero existen formas de manejar un equipo levantisco y dividido. El truco consiste, básicamente, en tener dos vestuarios, para que los bandos enfrentados sólo se vean en el campo. Ah, y hay que dar a cada futbolista una pistola.
Xavier Vidal-Folch reflexiona sobre la suspensión de la multa de 10.001 euros impuesta por el Gobierno a Falange Española por exaltación del franquismo en aplicación de la Ley de Memoria Democrática
Ahora nos faltan líderes así, que hablen por el mundo y para el mundo. Trump, Putin y Xi parecen una galería de villanos de Bond: les preocuparán sus egos y sus egoísmos, sus obsesiones políticas particulares, pero poco o nada el resto del planeta.