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Siempre me ha parecido curioso que se insulte a las mujeres con el llamado oficio más antiguo del mundo. Es un hecho, por desgracia, culturalmente universal. La prostitución es un acto mediante el cual un hombre paga para tener acceso a la intimidad de una mujer y mantener relaciones sexuales con ella. Es decir, se trata de alguien que mercantiliza algo que suele ser o debería ser gratuito y consensuado. Se entiende que apetecible y gozoso para ambas partes. Contrata el servicio, lo que hace es adquirir algo que, en principio no es un bien un objeto, sino un ser humano. Visto así, ¿a quién degrada más este acto, a la prostituida, la consumida, la alquilada, la adquirida o a quién es capaz de comprar el sometimiento de otra persona? ¿A quién podemos considerar moralmente reprochable, a la que es degradada o a quién degrada? Y aun así, el insulto es siempre para ella.
Durante su análisis sobre la emergencia migratoria, Cristina Monge ha situado el foco de atención directamente sobre el drama humano que se vive en la frontera de Ceuta. Monge ha insistido en que el aspecto más alarmante de esta crisis radica en la absoluta falta de expectativas de futuro que sufren los migrantes en sus lugares de origen.
Carmen Lumbierres califica de casualidad y extraño que el Gobierno de Ayuso adquiera un ático residencial en Chamberí meses antes de desalojar Sol por unas obras estructurales de las que no constan licencias ni adjudicaciones. Además, Lumbierres critica que no figure rastro alguno de la compraventa en el Portal de Transparencia de la Comunidad de Madrid.
Josep Martí Blanch defiende que los habitantes de las grandes ciudades deben alzar la voz para evitar que sus barrios se destruyan. Advierte del peligro de que la gentrificación y el turismo descontrolado transformen los núcleos urbanos en meros escenarios comerciales. Su conclusión es clara: las ciudades deben seguir siendo espacios habitables para sus vecinos en lugar de convertirse en parques temáticos.