SER Podcast
Siempre me ha parecido curioso que se insulte a las mujeres con el llamado oficio más antiguo del mundo. Es un hecho, por desgracia, culturalmente universal. La prostitución es un acto mediante el cual un hombre paga para tener acceso a la intimidad de una mujer y mantener relaciones sexuales con ella. Es decir, se trata de alguien que mercantiliza algo que suele ser o debería ser gratuito y consensuado. Se entiende que apetecible y gozoso para ambas partes. Contrata el servicio, lo que hace es adquirir algo que, en principio no es un bien un objeto, sino un ser humano. Visto así, ¿a quién degrada más este acto, a la prostituida, la consumida, la alquilada, la adquirida o a quién es capaz de comprar el sometimiento de otra persona? ¿A quién podemos considerar moralmente reprochable, a la que es degradada o a quién degrada? Y aun así, el insulto es siempre para ella.
En el siglo XIX, la opinión más extendida afirmaba que España nunca tendría tren. El problema no era solo de geografía, argüían, sino de mentalidad. Es así que llegamos a tener -que tenemos- una de las grandes redes del mundo. No nos han faltado grandes tristezas estos años, pero pocas veces nos han herido tanto como el accidente de Adamuz. Pocas veces como ahora hemos incorporado a nuestra vida los nombres y las historias de las víctimas. Hay que luchar contra el abandono de lo público.
Un siglo imperfecto, pero lleno de virtudes en las que el Derecho internacional ha modulado parte del desarrollo que a los europeos nos ha permitido construir el espacio de derechos y libertades. Si queremos que la diplomacia sea el instrumento de relación entre países, los europeos debemos asumir y los españoles también, que no hay fuerza sin mayor capacidad de seguridad y defensa. La paz en Europa solo será posible si Europa asume su defensa y sin defensa no habrá bienestar posible.
Joaquín Estefanía reflexiona sobre las palabras del primer ministro canadiense, que ha llamado a poner los pies en pared ante el imperialismo de Trump