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Siempre me ha parecido curioso que se insulte a las mujeres con el llamado oficio más antiguo del mundo. Es un hecho, por desgracia, culturalmente universal. La prostitución es un acto mediante el cual un hombre paga para tener acceso a la intimidad de una mujer y mantener relaciones sexuales con ella. Es decir, se trata de alguien que mercantiliza algo que suele ser o debería ser gratuito y consensuado. Se entiende que apetecible y gozoso para ambas partes. Contrata el servicio, lo que hace es adquirir algo que, en principio no es un bien un objeto, sino un ser humano. Visto así, ¿a quién degrada más este acto, a la prostituida, la consumida, la alquilada, la adquirida o a quién es capaz de comprar el sometimiento de otra persona? ¿A quién podemos considerar moralmente reprochable, a la que es degradada o a quién degrada? Y aun así, el insulto es siempre para ella.
El foco hay que ponerlo en lo que pasa en el estrecho de Ormuz y en las relaciones de Estados Unidos con Irán, ya que el problema no acaba de resolverse. Lo español ya forma parte de la anécdota cotidiana de este personaje que es Trump, caracterizado por la verborrea más que por su coherencia discursiva.
Euskadi es la comunidad autónoma con el nivel de absentismo laboral más alto de España, con 2 puntos por encima de la media. En ese entorno estaba Feijóo y ahí quiso hablar de regulación, pero utilizó una terminología y una manera de explicarse manifiestamente mejorables. Las palabras tienen su peso y, en cuestiones delicadas, conviene utilizarlas con cuidado.