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Siempre me ha parecido curioso que se insulte a las mujeres con el llamado oficio más antiguo del mundo. Es un hecho, por desgracia, culturalmente universal. La prostitución es un acto mediante el cual un hombre paga para tener acceso a la intimidad de una mujer y mantener relaciones sexuales con ella. Es decir, se trata de alguien que mercantiliza algo que suele ser o debería ser gratuito y consensuado. Se entiende que apetecible y gozoso para ambas partes. Contrata el servicio, lo que hace es adquirir algo que, en principio no es un bien un objeto, sino un ser humano. Visto así, ¿a quién degrada más este acto, a la prostituida, la consumida, la alquilada, la adquirida o a quién es capaz de comprar el sometimiento de otra persona? ¿A quién podemos considerar moralmente reprochable, a la que es degradada o a quién degrada? Y aun así, el insulto es siempre para ella.
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Con la violencia machista, cuando se da el caso de alguna denuncia falsa o siquiera poco clara, se pone en duda la ley que persigue esos crímenes atroces contra las mujeres. Hace ya tiempo que los discursos de la extrema derecha penetran en todo lo que tiene que ver con la igualdad y en el caso de la violencia hace lo que ha hecho siempre el patriarcado. La realidad es que, si todas las que hemos sufrido violencia física o psicológica o sexual fuéramos de repente a la policía, colapsaríamos las comisarías y los juzgados.