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José Luis ha sido el primer Papa que nació en América, el primer Papa que habla español, el primero, que yo sepa, que dio clases de literatura y el primero también que profesor de jesuita. Fiel a su vocación de dar la sorpresa, Francisco ha tomado la decisión de no morirse todavía cuando hace un mes quien más, quien menos andaba afilando a su obituario y tomando el cursillo de vaticanista express para apostar por este cardenal o sopesar las opciones de aquel otro. Propio que parezca, Francisco no ha podido sentarle mejor seguir con vida. Porque en un mundo enloquecido entre Trump y Putin, entre guerras y aranceles y guerras, de verdad parece que es un hombre de fe, el único que a veces pone un poco de razón.
Piensa en un dólar, en cinco dólares, en veinte. ¡Piensa en un millón de dólares! Imposible no sentir que se está ante algo más que dinero.
En mi departamento aparecen cosas que no son mías. Hace un par de años fueron unas medias de hombre extrañísimas. Llegaban hasta las rodillas y el pie era, al menos, de la talla 46.
Dicen que el día más triste del año fue el pasado 19 de enero. Era lunes y comenzaba Ingrid, la novena de las 17 borrascas del invierno. Lo del día más triste me parece bastante arbitrario. Pero sí estoy seguro de que hoy es el día más estúpido del año. Para ser más exactos, la noche más estúpida. Esta madrugada adelantamos el reloj y nos ponemos con dos horas de adelanto sobre el sol. Un disparate.