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José Luis ha sido el primer Papa que nació en América, el primer Papa que habla español, el primero, que yo sepa, que dio clases de literatura y el primero también que profesor de jesuita. Fiel a su vocación de dar la sorpresa, Francisco ha tomado la decisión de no morirse todavía cuando hace un mes quien más, quien menos andaba afilando a su obituario y tomando el cursillo de vaticanista express para apostar por este cardenal o sopesar las opciones de aquel otro. Propio que parezca, Francisco no ha podido sentarle mejor seguir con vida. Porque en un mundo enloquecido entre Trump y Putin, entre guerras y aranceles y guerras, de verdad parece que es un hombre de fe, el único que a veces pone un poco de razón.
Cada cual tiene sus gustos y no son horas para discutir sobre cuestiones estéticas. Pero creo que hay cosas objetivamente feas.
Entiendo que a estas alturas haya españoles más cansados del papa que Martín Lutero, pero debo decir que no me encuentro entre ellos, siquiera sea porque todos estos días la actualidad ha estado felizmente alejada de lo que suele ser la actualidad.
Más allá de la doctrina, León XIV ha venido a España con dos temas: no a la prioridad nacional, que es la obsesión de la derecha; y el respeto a la emigración. Y se da la circunstancia, no diré casualidad, de que lo que el Papa combate son las dos banderas con las que el PP y Vox, cada vez más hermanados, se han lanzado contra el presidente español y su Gobierno. De modo que el Papa va al encuentro de inmigrantes y Sánchez a su lado. Con la dignidad de las personas no se juega.