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Muchos problemas podrían evitarse si, en vez de cultivar tanto la rigidez que anida detrás de la aparente blandura de las ilusiones, cultiváramos la posibilidad, mucho más inestable y más tierna, del hallazgo y la sorpresa. Pero pocas veces nos atrevemos a encontrarnos con lo que no sabíamos que nos íbamos a encontrar.
Xavier Vidal-Folch reflexiona sobre el nuevo Papa y Europa.
No quisiera sonar irreverente, pero confieso haber seguido el Cónclave con la pasión que suele reservarse a los Mundiales de fútbol o las rondas finales de Operación Triunfo. Ya no digo, por ejemplo, “dejadme en paz”: ahora digo “extra omnes”. Y me he familiarizado con los nombres de todos aquellos -Tagle, Aveline, Parolin- que esta mañana se han levantado con esa rara sensación de que no te llamen “Santidad”.
Habemus Papam y habemus, sobre todo, un desenlace a la altura de este gran espectáculo del mundo, que es la elección del Pontífice. El nuevo gobernador de las almas católicas del mundo es norteamericano y, por tanto, mirará de tú a tú al gobernador de la tierra y del dinero que es Donald Trump. Si sabrá levantar la voz ante las deportaciones, ante el genocidio de Gaza, y ante tanta desigualdad que representa el hombre de la Casa Blanca, lo veremos pronto.