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Yo estoy dispuesta, como buena inmigrante que soy, a hacerle caso a Feijóo. Me dispongo a integrarme, como él pide, en lo que llama ‘nuestra cultura’. El problema me surge cuando intento entender en qué consiste esa cultura que dice que es la de todos en este país. ¿Es ‘cultura española’ negar la violencia machista o aliarse con partidos políticos que defienden la supremacía masculina y valores contrarios a los tratados internacionales y la constitución? ¿Tengo que asumir como nueva ciudadana que se pongan en duda los derechos reproductivos de las mujeres acosando a las que tienen que interrumpir su embarazo? ¿Es también un valor de esta cultura estar en contra de cualquier medida que fomente la justicia social y recorta en gasto público? ¿Tengo que incorporarme a los valores de un señor que defiende a un presidente que disfrutaba de una larga sobremesa mientras sus vecinos eran arrastrados por la gota fría? ¿Debo aprender corrupción y latrocinio como tantos compañeros de filas del señor Feijoo?¿Hacerme amiga de ilustres narcotraficantes y otras destacadas figuras de la sociedad? Tengo que ser un poco mentirosa, manipuladora, decir digo dónde dije Diego, insultar y tergiversar, no tener otro principio que mis propios intereses, abrazar el cinismo y la demagogia? Uf, es mucho trabajo, casi que me voy a arriesgar a no integrarme en esa ‘cultura’. Prefiero una que debe parecerle muy exótica al aspirante a inquilino de la Moncloa: la de la igualdad y la libertad para todos y todas sin distinción de sexos ni procedencias.
Entre todos los asuntos vitales que podrían tratarse en estas fechas, incluida la Resurrección de Cristo, nunca están las croquetas. Están la guerra, Trump, el fascismo, la Luna, pero no las croquetas.
Estos días se conmemora la tortura y la muerte de un hombre en tiempos del emperador Tiberio. Con fe o sin ella, en muchas ciudades, como Sevilla, se asiste a una espectacular representación colectiva.
La carrera espacial fue un magno relato de optimismo donde los niños querían ser astronautas para tocar la faz de Dios. Tras años de recortes, no es una casualidad perfecta que el ser humano vuelva a la Luna con el mundo a punto de reventar. Esta fiebre por las estrellas nos invita a sentirnos más hermanos en la soledad de la galaxia.