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Hoy es día de Reyes y hay grandes regalos para Donald Trump, que exhibe su poder cada vez más arbitrario. También para Putin, que tiene más razones para acosar a Ucrania sin que nadie le rechiste. Y hasta para Xi Jinping, que puede mirar Taiwán como si fuera una Barbie envuelta en papel de regalo. Siento decir que el mundo es hoy un cementerio de la ley, del derecho, de las normas y de nuestra seguridad, donde la pregunta que se abre es: ¿quién será el próximo?
Regreso de una exploración de la que ignoro si me habré encontrado conmigo allí, con la que fui allí, con la que quise ser. Toda mirada necesita verse en los demás para recuperar, no diría yo que la inocencia, pero sí la lucidez y el sentido de la realidad. Mi viaje me habrá cambiado o habrá recuperado, como quien se sube a un tren en marcha, mi capacidad de sorpresa, o de conmoción, o de asombro. Tomaos esta columna como una especie de inicio de cuento de suspense. Continuará. Con otros ojos.
Solo ha pasado un año desde que Trump volvió a la Casa Blanca. El mundo ha cambiado tanto que produce vértigo recordar la rapidez con la que el presidente de Estados Unidos ha dinamitado el orden internacional. Estados Unidos no acepta socios, son rivales o vasallos. Importa la ley del más fuerte. Habla a las claras del petróleo, del dinero, de sus propios intereses, le dan igual la democracia y los derechos humanos. Es tan clara la amenaza para Europa que sorprende la miopía de la derecha española.
Más allá de la inocencia, los ojos del padre y la madre se llenan de ilusiones y son un compromiso con el futuro. Aunque ya sabemos lo que hay bajo la cabalgata de las Divinas Majestades, la ilusión se mantiene cuando tomamos conciencia de lo que significa nuestro deber de no renunciar a la esperanza.