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Más allá de la doctrina, León XIV ha venido a España con dos temas: no a la prioridad nacional, que es la obsesión de la derecha; y el respeto a la emigración. Y se da la circunstancia, no diré casualidad, de que lo que el Papa combate son las dos banderas con las que el PP y Vox, cada vez más hermanados, se han lanzado contra el presidente español y su Gobierno. De modo que el Papa va al encuentro de inmigrantes y Sánchez a su lado. Con la dignidad de las personas no se juega.
Entiendo que a estas alturas haya españoles más cansados del papa que Martín Lutero, pero debo decir que no me encuentro entre ellos, siquiera sea porque todos estos días la actualidad ha estado felizmente alejada de lo que suele ser la actualidad.
No podemos quejarnos los ciudadanos de este tiempo post-posmoderno en el que conviven realidades tan distintas. Ojalá fuera una sola la religión que hechiza a las masas para convencerlas de renunciar a la vida presente en favor de la que, dicen, habrá después de la muerte. Hoy más que nunca proliferan los credos a quienes entregamos nuestro dinero a cambio de la eternidad, ya sea la de la resurrección de la carne o la del estar en presencia de una estrella mundial.
Nuevo hito en la visita del Papa a España ayer en Barcelona, con la espectacular expresión de belleza en la inauguración de la Torre de Jesús en la Sagrada Familia. Una visita y expectación que se produce en un contexto en el que los autoritarismos emergen de las propias democracias y donde emergen nuevos poderes globales no democráticos. Es natural, pues, que tantas miradas se dirijan hacia contrapoderes de otra naturaleza, con miles de años de historia y que siempre han tenido claro lo fundamental: la dignidad de la vida humana.